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El trabajo conjunto en grabado calcográfico desde el año 97 nos ha llevado a descubrir ciertos vínculos en nuestra obra, ciertas
zonas por las que la intencionalidad plástica de uno transita junto a la del otro en torno a un mismo ámbito. Incluso en determinados
momentos, y como consecuencia de este tránsito, se han producido encuentros plásticos -no necesariamente fortuitos-, que han generado
un intenso diálogo formal y conceptual que ha imantado nuestro quehacer, enriqueciendo el inventario ideográfico de nuestros anhelos.
Cabe decir que esta contagiosa circunstancia no es extraña a la mayoría de artistas que en algún momento han trabajado juntos. Es
más, la influencia –presencia- en nuestra obra de otros artistas es una huella que se nos antoja múltiple y rica, sin menoscabo de
los logros o hallazgos personales que han ido convirtiendo nuestros pasos en avances, durante los cuales hemos ejercitado, sin
acomodamientos en lo previsible, el sentido de la coherencia.
La actividad artística es a menudo considerada como una dedicación exclusivamente lúdica y contemplativa.. No así para aquellos que
la ejercitan como algo vital y necesario. Necesidad interior y necesidad de afueras. La sociedad necesita de los artistas y éstos de
la sociedad. Ambos demandan la presencia del otro para considerarse respetados y respetables. El arte no es nada de forma aislada;
cumple una función indispensable a la vez que es indisociable del propio ser humano. Sin embargo, no parece que los artistas sean
aceptados sin condiciones por parte de una gran mayoría de la sociedad – aquella de las estadísticas-. Positivamente sabemos, los que
trabajamos en la búsqueda del pensamiento por la imagen, que probablemente, la relación con la sociedad y los poderes que la
representan, siempre fue de amor-odio, y pensamos que ninguno está libre del deseo de ser reconocidos por la propia sociedad como
alguno de aquellos que salvaron la dignidad y el espíritu humanos con grandes obras...
La distancia a ese ingrato devenir, lejos de nuestro alcance, parece estirarse de modo inalcanzable y nos tiene a todos condenados
(artistas o no) a dejar constancia de nuestro efímero paso por la vida. Pero no es del todo ingrato el deseo y el empeño ilusionado
que vivimos diariamente por alcanzar pequeñas cimas, aún por debajo de las nubes, pero con la imaginación esforzada por coronar la
cumbre.
Extracto del texto escrito por
Fernando de la Rosa para el proyecto de exposición conjunta con Oliver “Arquitecturas Paralelas”.
Celebrada en Cádiz en el 2004
Por mis
cuentas, uno más uno son diez; confiando en el poder de los
binomios y los grupos, frente a la tópica soledad y eterno
individualismo del artista contemporáneo, para enriquecer la experiencia
expresiva y vital a través de luminosas colaboraciones llenas de
concordia, cargadas de amistosa voluntad de intercambio.
Perry Oliver y Fernando de la Rosa – dos representativos y activos
artistas actuales malagueños- han emprendido en común suficientes
proyectos creativos para definirles hoy como "unidad par", que
fructifica llena de frescura como lo hacen arriates y parterres en sus
respectivos y cultivados jardines del pensamiento.
Por ello esta exposición es un punto de encuentro lleno de intimidad y
sentido común, de afán y entendimiento entre dos artistas en su sazón
que participan en sus evoluciones particulares de unas tendencias
convergentes: limpieza, abstracción, armonía y sensibilidad forman parte
del concepto plástico en el que ambos se hallan comprometidos, atisbando
la forma descargada de anécdota para alcanzar la siempre complicada
sencillez, la pureza que escapa a la maraña cotidiana intentando
deleitar por un instante al espectador, liberándole.
El estadounidense Oliver es un experimentado artista hecho a la luz y
alma mediterráneas quien, además de su obra, realiza una importante
labor cultural como factor de un taller estable de grabado en la costa
malagueña, actuando como coadyuvante del trabajo de otros artistas; de
modo que su tórculo se transforma a menudo en un espacio compartido en
el que romper con el aislamiento.
Sus esculturas, de carácter abstraccionista en general,
presentan un lenguaje minimalista y ascético que descarga del
plano toda nota anecdótica para hacerlas circular por las esencias de
las ideas que las generan. Sus signos están impregnados de referencias
hispánicas, añadiendo calidez y fuerza al sinteticismo de origen
anglosajón de su discurso que destila influencias de iconos y maestros
ibéricos y concretamente del arte euskaldún.
El malagueño Fernando de la Rosa posee en origen unas enormes virtudes
plásticas que ha logrado mantener a lo largo de su dilatada experiencia.
Dentro también de corrientes del expresionismo abstracto, su obra se
caracteriza por su carácter poético e introspectivo, por una utilización
de la intensidad de la luz, del color y la forma como refuerzos
expresivos de su discurso que proyecta sobre el espectador un estado de
ánimo positivista. Sus obras mantienen referencias actualizadas a un
expresionismo en cierto modo afín al fauvismo, en el que prevalece un
substrato de alegría contemplativa cargada de una sugerente atmósfera de
humanismo y nostalgia.
Extracto del texto escrito por el escultor Jorge Arévalo
para la carpeta conjunta de grabados Signo y Ritmo,
editada por Oliver y F. de la Rosa en el año 2001
Desde 1997, Perry Oliver y Fernando de la Rosa, Fernando de la Rosa y Perry Oliver vienen trabajando juntos en el pequeño taller de
grabado que este último tiene en Nerja, prácticamente en la cocina de su casa. Nunca como aquí se hace realidad aquella eufemística
expresión de la “cocina del grabado”. En el trabajo continuado entre ácidos y tintas se han forjado unos vínculos que trascienden el
mero intercambio profesional y artístico. Esta suma de voluntades, experiencias y anhelos ha enriquecido, que duda cabe, la
producción plástica de ambos artistas, generando un constante flujo de sinergias, en este caso muy positivas, que han hecho crecer el
universo particular de cada uno de ellos. Con un punto de fuga cifrado en su pasión por el grabado, fundamentalmente calcográfico,
cada uno ha sabido ir construyendo su propia arquitectura plástica, asentada en la cartografía “dibujada por las líneas en danza sin
fin”, según sus propias palabras.
Mientras Fernando de la Rosa es esencialmente pintor, un pintor que delimita espacios y los completa con matéricos campos cromáticos,
Perry Oliver es fundamentalmente un grabador que pinta y que, después de manejarse diestramente con las planchas metálicas, ha
decidido hacer crecer sus matrices hasta convertirlas en protagonistas de su propio discurso creativo.
Si como decía Bacon, en 1952, “el arte es un método para liberar zonas de sentimiento y no simplemente la ilustración de un objeto”,
Oliver y de la Rosa dan rienda suelta a sus sentimientos en cada una de sus obras, pero también algo más. No en vano ellos mismos
confiesan su acercamiento a la pintura como “alma aneja (a la línea) en expansión continua, como arma de conocimiento y
contemplación... Esa es la arquitectura en nuestra obra.” Es decir, sentimientos, conocimiento, sensaciones, observación
contemplativa, dominio del lenguaje metapictórico se maridan para sostener el arquitrabe estructural que subyace en las pinturas de
uno, y las escultura de otro.
Líneas, trazos, intensos negros que delimitan campos de color, cielos, casi cielos, mares, casi mares, jardines, casi jardines,
almas, casi almas, horizontes, lontananzas; paisaje como estado del alma, paisaje como acercamiento interior y alejamiento exterior.
Línea y color, color y línea definen algunas de las obras de Fernando de la Rosa. Introduce en sus obras el uso del alquitrán, cuya
consistencia genera una mayor rotundidad y contundencia a sus negros, acentuando aún más si cabe el contraste con los azules o los
sienas. Esta presencia, insistentemente táctil, del alquitrán es una constante en sus últimas obras. Los campos cromáticos se baten
en dura pugna con las masas alquitranadas. Lucha que es finalmente ganada por el color. Las líneas se sienten, están pero no se ven,
ahora es el color el que prevalece en el lienzo.
En la línea, como extensión considerada en una sola de sus tres dimensiones, reside también la génesis del universo ideado por Perry
Oliver. Tanto en sus grabados, como ahora en sus esculturas es la línea la que delimita vacíos y genera espacios. Sus estructuras son
sólidas, fuertes pero no pesadas. La fría superficie del metal, sin embargo, adquiere texturas de connotación sensual muy acorde con
la temática de series anteriores. Esta paradójica sensualidad del frío metal se torna más cálida en piezas que recuerdan algunos de
sus grabados de referencia, cuasi totémica, al toro.
Líneas, en fin, trazos, intensos negros, construir para después deconstruir, tejer, entretejer y destejer es la proteica tarea que se
han impuesto Perry Olivar y Fernando de la Rosa, de la Rosa y Oliver, en el camino ascendente de la creación, conscientes de su
realidad de meros eslabones de una cadena infinita, sin solución de continuidad.
Extracto de Vínculos en lontananza
Escrito por José Mª Luna Aguilar
Para el catálogo de la exposición Arquitecturas Paralelas, celebrada en Cádiz, a principios de 2004.
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